Las funciones de la piel

La piel constituye una barrera dinámica que envuelve todo nuestro cuerpo. Es un órgano complejo que desempeña varias funciones indispensables para el buen funcionamiento del organismo.

Modificado el 16/07/2012

El transmisor de nuestras sensaciones


La piel es, ante todo, el órgano del tacto. Indispensable para nuestra supervivencia, este sentido nos avisa de las agresiones de nuestro entorno y nos sirve para establecer contactos afectivos con nuestros semejantes.

Gracias a los numerosos receptores y corpúsculos sensoriales que contiene, la piel nos permite sentir y analizar los estímulos externos: presión, roces, vibración, calor, dolor… Estos receptores son de diferentes tipos, especializados cada uno de ellos en una categoría de sensaciones. Reciben la información sensorial y luego la transmiten al cerebro, a través de una red de fibras nerviosas, donde se analizan con el fin de aportar la respuesta mejor adaptada.


Una barrera contra las agresiones


La piel es también una barrera protectora contra muchas agresiones de nuestro entorno:
 
  • Las presiones mecánicas


La elasticidad de la dermis y el “colchón” que forma el  tejido graso de la hipodermis permiten a nuestra piel proteger el organismo de los golpes. Si se ejercen roces repetidos en una misma zona del cuerpo, la capa córnea (la más externa de la epidermis) se engrosa para amortiguar la presión.
 
  • La penetración de cuerpos extraños


Formada por corneocitos unidos entre sí  mediante los lípidos, la capa córnea es un abrigo casi impermeable que impide la penetración de agentes químicos nocivos en el organismo.

Además, está recubierta de forma permanente por el manto  hidrolipídico, formado por sudor, agua y proteínas degradadas procedentes de la cornificación. Gracias a su pH ácido (entre 4,5 y 5,5), el manto hidrolipídico favorece la proliferación entre los corneocitos de las "buenas" bacterias (más de 1000 por m2), evitando que lo hagan las bacterias indeseables, los hongos y los virus y que penetren en el organismo. El equilibrio del manto hidrolipídico es por tanto primordial para la buena salud de la piel: si se altera, nuestra epidermis ya no puede desempeñar su función barrera de forma eficaz y se vuelve más sensible a las agresiones y a las infecciones.

Si un cuerpo extraño logra atravesar el manto hidrolipídico, la piel aún dispone de recursos inmunológicos para eliminarlo. En primer lugar, cuando se detecta un cuerpo extraño en la superficie de la piel, los queratinocitos sintetizan péptidos antimicrobianos que poseen una gran acción antibacteriana. A continuación intervienen las células de Langerhans, auténticos centinelas de la epidermis que capturan los elementos indeseables y los transmiten a los linfocitos T, células asesinas que activan su eliminación. La dermis contiene una línea de defensa adicional: las bacterias o virus que hubieran escapado a la vigilancia de las células de Langerhans son detectadas y eliminadas por los macrófagos.
 
  • Los rayos ultravioleta


Nuestra epidermis contiene melanocitos, células que producen un pigmento marrón natural, la melanina, y la distribuyen a los queratinocitos vecinos a través de dendritas (prolongaciones celulares en forma de brazos).

Cuando la piel se expone al sol, los melanocitos aumentan su producción de melanina y sus dendritas se alargan. Así, la piel dispone de una doble fotoprotección natural:
 
  • La melanina absorbe los rayos ultravioleta para evitar que penetren en las capas más profundas y más vulnerables de la piel.
  • Repletos de melanina, los queratinocitos aumentan de tamaño y la capa córnea se vuelve más gruesa.

No obstante, más allá de una determinada cantidad de rayos ultravioleta, los daños para la piel son inevitables. Este umbral de tolerancia varía en función de las personas: las pieles más claras son las menos resistentes.
 


Un regulador de la temperatura corporal


La temperatura externa de nuestra piel, generalmente entre 28 y 32°, puede variar sin resultar dañada entre los 20 y los 40°. Pero el interior de nuestro organismo debe permanecer constantemente a unos 37° para funcionar correctamente. La piel desempeña un papel fundamental a la hora de mantener esta temperatura interna constante:
 
  • En caso de calor (fiebre o temperatura exterior elevada), los vasos sanguíneos que irrigan la piel se dilatan: se desplaza más sangre a la superficie, aumentando la pérdida de calor. De forma paralela, las glándulas sudoríparas secretan más sudor para evacuar el excedente de calor.
  • Por el contrario, cuando hace frío, la sudoración disminuye y los vasos sanguíneos se retraen. La epidermis se vuelve entonces lo más aislante posible para conservar el calor interno.

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